Nuestros artesanos son testigos de viejos usos de manufacturación, cuando el consumismo social no se
alimentaba con la intrépida producción masiva que ha atiborrado al hombre de todo tipo de artefactos, cada vez más sofisticados,
pero en fin, siempre menos auténticos.
Por eso, después de la Revolución Industrial y más tarde con la entronización de las líneas de producción que cambiaron
radicalmente el sentido económico del mundo, las artesanías, además de dedicadas técnicas, encaran la simple sabiduría de
las cosas sencillas.
De ahí la gracia de su apariencia y acabado final que las hacen muy apreciadas en el orbe, pero especialmente
en el desarrollado, en donde las tareas manuales tienen el reconocimiento de su dedicación.
Su técnica se ha quedando relegada
para países menos desarrollados o con poca modernidad, en donde aún una inmensa franja de sus pobladores tienen en su elaboración
un medio de supervivencia, que por lo precario del coste de la mano de obra resultan con precios competitivos tanto en el
mercado interno como en el externo.